Me he quedado solo el fin de semana. Mi amigo americano se ha ido de vacaciones al igual que mis caseros. No sé si los americanos en general están cambiando o sólo son aquellos con los que tenemos contacto los europeos. El caso es que estoy solo. Sí, ya sé que por decirlo más veces no voy a alejar esta soledad, por otra parte esperada, pero es que hace mucho, mucho tiempo que un fin de semana no tenía a nadie a quién llamar para salir.
En fin, qué era lo que no podía hacer en Manhattan. Algo para lo que se necesitara el inglés. Pues yo voy y lo hago. Voy al cine para constatar que, efectivamente, no entiendo nada. Me vi El ultimatum de Bourne, (11 $, echad cuentas) por eso de que era de acción y, a la salida, después de entender tres frases, me prometí volver a verla justo antes de regresar a Madrid para evaluar realmente mis progresos.
Ahora en serio, lo más divertido y barato que puedes hacer en Manhattan es pasear, pasear y pasear. Así lo hice yo y así pude comprobar los viejos tópicos sobre Manhattan. La ciudad ofrecía a mi vista curiosa el ritmo frenético y ruidoso de sus calles, sus inagotables rascacielos, su abigarrado conjunto de luces y anuncios, sus elegantes hoteles, tiendas y edificios dentro de una variedad de estilos inusual, casi tan inusual como la diversidad absoluta de razas, religiones, colores, tamaños, clases sociales o estilos de vestir de la gente. Pude sentir los inagotables olores y los parques repletos de vida, con sus músicos callejeros o con sus locos ajedrecistas esperando impacientes el reto de algún desconocido rival. Pero, además de estos, también descubrí otros nuevos. Por ejemplo, las hileras de fumadores en las aceras de todos las calles, en las escaleras de los edificos o en las puertas de los bares y restaurantes. O la cantidad de gente que, mientras camina, conduce o monta en bicicleta, va hablando con el móvil en la mano y, además, lleva algo en la otra que no cesa de chupar. Sí, aquí todo lo sirven con pajita (no imaginaremos lo que diría Freud de esto). Es increible la cantidad tan enorme de bebidas y paquetitos de comida rápida de cualquier nacionalidad que consume la gente de pie o caminando o sentado en cualquier escalón de un portal. ¿Aquí el acto de comer no es tan importante como en la Europa mediterránea?
Terminan mis paseos, termina mi fin de semana solitario. El próximo no será igual pues llega un amigo de Madrid.
Además, mañana empiezo la escuela, que es a lo que he venido... ¿o no?