UN TRIMESTRE EN NUEVA YORK

sábado, 25 de agosto de 2007

Viaje a la capital del imperio

Comienzo mi viaje desde Nueva York con dirección sur. Aunque vamos a recorrer una distancia relativamennte corta (unos cuatrocientos kilómetros), cruzaremos cinco Estados. Las fronteras de los Estados de la Costa Este no son tan rectas ni tan generosas como las del Oeste. Además, Washington DC, por ser la capital, es un distrito único.

Nos alquilan un inmenso Chervolet negro y emprendemos la ruta, pero nada más salir de la ciudad nos pilla una tormenta descomunal. Aquí todo es a lo grande, hasta las tormentas. Al llegar la noche paramos en Baltimor. La ciudad se extiende alrededor de un pequeño puerto en una inmensa bahía. El puerto es el corazón de la ciudad, rodeado de restaurantes, tiendas, museos y el ubicuo Hard Rock Cafe. También tiene una Historical Street con monumentos y casas antiguos (para USA), iglesia, torre con reloj, una plaza al estilo europeo con estautua de señor serio con caballo y pequeños jardines.






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Nos quedamos a dormir en un motel en las afueras. Es el mejor modo de pasar la noche. Los hoteles del centro son caros y apenas se tarda en entran a Downtown. Los americanos tienen que recorren largas distancias en coche y las carreteras están llenas de estos moteles para pasar la noche (acordaos de Psicosis).

El segundo día, en Washington DC, nos dimos una paliza recorriendo la inmensa zona verde rectangular que va desde el Capitolio al monumento a Lincoln. Quería conocer la estatua que se ve en Los Simpsons y en El planeta de los simios. Detras de la estatua, al otro lado del río Potomac, se divisaba el inmenso cementerio de Arlintong, dentro de un precioso bosque y con el panteón de los Kennedy sobresaliendo en una colina. En medio del rectángulo, el obelisco domina la ciudad y, en los laterales, decenas de edificios de enorme tamaño y estilos variados: sedes de Organismos Internacionales, el FBI, museos y monumentos a los caídos de sus varias guerras. Pero la perla para mí fue la Casa Blanca. La observé del otro lado de una reja llena de españoles gritones, rodeada de un precioso jardín, a lo lejos, solitaria, sin guardias ni sistemas de protección visibles. Parecia tan vulnerable. Pero allí vive un vaquero que decide casi todo lo que pasa en el mundo, la vida y la muerte de muchas personas. Me invadió una sensación bastante intensa, casi un escalofrío. Por toda la zona había también muchos turistas americanos, para ellos tiene una significación histórica y sentimental que no tiene para mí. Con todo, la impresión general es de grandeza y poder.







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Por la tarde cruzamos el río hacia Cristal City y Pentagon City (donde esta ubicado el todopoderoso Pentágono) para ir a los Centros Comerciales de la zona. Más tarde, mientras cenábamos, ví a una mujer fumando en el restaurante. No podía imaginar a alguien fumando en un restaurante en Norteamérica. Una amable camarero colombiano (por cierto, ingeniero químico y legal) me lo aclaró rápidamente. El otro lado del río era otro Estado (Virginia), su capital es Richmond y a los fumadores le sonará el nombre de leerlo en todos los paquetes de Malboro. Sí amigos, en este Estado se fabrica el Malboro y la ley permite fumar en todas partes...


El tercer día fue importante para mí. Visitamos la casa de una familia típica de clase media americana del interior. Nada de gente urbana de Nueva York o de Los Ángeles o San Francisco que es la que conozco. Una familia de treintañeros con dos hijos (el mayor sólo de ella) en una gran casa en lo que nosotros llamaríamos urbanización, rodeada de bosque. Tenían tres coches, cuatro televisores gigantes y un garage repleto de jugetes, neveras, vehículos y diversos instrumentos para niños y adultos, muchos de los cuales no supe identificar. El supermercado o el restaurante más cercano estaba a veinte minutos en coche. En la parte de abajo la televisión era descomunal, con DVDs, musica y consola de juegos. Todo ello rodeado de unos cómodos sofás, que fue donde nosotros dormimos. La tarde del domingo pasó así: comer en un restaurante las típicas costillas con salsa barbacoa (muy ricas, por cierto), charla en la terraza, algo de trabajo en el jardín, un paseo en coche y ver la televisión. Pero todo el tiempo bebías algo o tomabas algún snack. El consumo es atroz, pero supongo que por eso va tan bien la economía.

El último día lo pasamos en Philadelphia. Fue la ciudad que más me encantó (más tarde me comentaron que no había estado en la mejor parte de Washington, Georgetown). A pesar de la lluvia nos encontramos con una lugar muy habitable, de preciosas casas con árboles en las aceras y gente paseando, comprando y cenando tranquilamente. El Downtown era bastante abierto y un gran parque bordeaba el río que atraviesa la ciudad. Philly me resultó bastante agradable.


Regresamos a una Nueva York envuelta en lluvia. Mi amigo cogió su avión y yo volví a mi vida cotidiana.

martes, 21 de agosto de 2007

"I have a dream" Martin Luther King. 1963

Quiero que el aire fuerte de la noche más honda / quite flores y letras del arco donde duermes / y un niño negro anuncie a los blancos del oro / la llegada del reino de la espiga. Federico Gracía Lorca. Poeta en Nueva York (1930)
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Caminando por el exterior de un inmenso Centro Comercial, en Pentagon City, la ciudad donde está ubicado el todopoderoso Pentágono, al lado de Washinton D.C., satisfecho, con las bolsas de las compras en la mano, ví, a lo lejos, dos altos policías blancos que sobresalían por encima de su vehículo.
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Al acercarme, descubrí, sentados en el bordillo de la acera, con los zapatillas quitadas y sus manos esposadas a la espalda, a dos niños negros de unos 10 y 13 años aproximadamente. Permanecían inmóviles, callados, con la cabeza baja. Una bolsa transparente con algunas pequeñas cosas que no indentifiqué se encontraba encima del maletero del coche policial. Absolutamente nadie de las personas que pasaban se paraba a contemplar la escena. Tan sólo yo crucé una fugaz mirada con el niño más pequeño. No he logrado adivinar lo que me quería decir.

Al alejarme, intentaba no sacar conclusiones rápidas, sabiendo que Washinton DC tiene casi un setenta por ciento de población negra y que fue aquí donde Martin Luther King pronunció, en un lejano 1963, la famosa frase de Yo tengo un sueño.

Al alejarme, mi acomodada conciencia me gritaba: "Algo habrán hecho, algo habrán hecho..."













jueves, 16 de agosto de 2007

El fin de la tercera semana (Compañeros de clase)




Termina la tercera semana de agosto dedicada a hacer un poco de vida con mis jóvenes compañeros de clase. Una tarde paseamos por Central Park, por la parte sur. Había pequeños estanques con patos rodeados de frondosos árboles y con un puente de piedra cubierto de hiedra, los típicos coches de caballos para pasear a los turistas y un parque de atracciones en miniatura. En fin, demasiado idilico para mi gusto. Pero hay que complacer a todo tipo de turistas.

Una noche hicimos una cena en casa de un español que se había quedado solo. (Sí, como siempre, italianos y españoles). Comimos unos estupendos espaguetis a la carbonara. Yo llevé un vino español que no conocía ( No es de España del país que más vinos hay en los Wine Shop de esta ciudad). Ya sabía que cada italiano tiene una receta distinta y así fue. Es imposible saber cuál es la verdadera. Éste mezclaba el parmesano con las dos partes de los huevos batidos a la vez y usaba panceta en vez de bacon, y nada de cebolla ni tampoco aceite de oliva. En fin, debe haber tantas recetas como cocineros italianos. Más tarde, después de comprar unas cervezas, fuimos a la terraza del hotel donde se aloja otro compañero de clase. Las vistas eran, de nuevo, impresionantes. Era el piso 17 y, sin embrago, estábamos completamente rodeados de edificios altísimos con las ventanas iluminadas. Es una sensación muy fuerte, como si el cielo estrellado de una noche de verano de Castilla lo huieran puesto vertical. Para mi, el paisaje nocturno de esta ciudad es de lo más interesante, algo que no puedes encontrar en otras. Aun así, lo mejor fue el baño de juventud que me di toda la noche. Es casi imposible para mi, en Madrid, salir con veinteañeros a tomar algo y que te traten como uno más, además de adularte con frases como "no me puedo creer que tengas esa edad", incluso después de decirle que eres profesor, con lo que eso significa para la mayoría. Saber cómo ven el mundo, sus lenguajes, sus hábitos, cómo se divierten, cómo se relacionan con demás, etc, etc. ¡Cuanto ha cambiado la vida desde que yo tenía su edad!

Mañana, después de clase, llega mi amigo a recogerme para irnos, en coche, cuatro días a Washington y alrededores. Prometo contar el viaje a la vuelta y poner algunas fotos...



lunes, 13 de agosto de 2007

Vistas nocturnas

"All we know is that the evening was beautifully carried off", Anaïs Nin, Henry and June
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Desde el Penthouse del piso diecinueve, la vista nocturna de la ciudad resulta sobrecogedora. Hacia un lado, cual luciérnaga inabarcable, New Jersey despliega infinidad de luces en la orilla opuesta del río. El Hudson, arteria herida, encajonada entre montañas de hormigón latiente, discurre domesticado hacia el cercano océano. Altos techos de cristal en el salón, inmensas lámparas, cuero en los sofas, camareros impecables y sonrientes, cristal y acero en las barandas... Y una terraza y otra y otra. Hacia el norte, el Empire State iluminado sueña con ser faro en cualquier diminuta isla del Egeo. La última terraza está decorada al estilo oriental. Mesas de mármol negro, plantas y pequeñas fuentecillas cuyo susurro es silenciado por el eterno murmullo nocturno de Manhattan. Hermosas mujeres de pieles doradas y exquisitos vestidos ríen despreocupadas con un Martini o una copa de champán en la mano. En una esquina, una afortunada pareja de jóvenes baila embelesada al ritmo de la música.

Tan solo unos instantes después de que el uniformado ascensorista pulsara el botón nacarado del ascensor, nos encontrabamos en la calurosa acera.

A mi lado, dos inmensas ratas huyeron asustadas por el ruido de un taxi al detenerse.
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viernes, 10 de agosto de 2007

Cae la lluvia sobre la ciudad

"I took my suitcase and went out in the rain and began walking", Bukowski, Factotum.
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El clima fue realmente amable ayer en Manhattan. Lucía el sol, pero una brisa fresca y seca permitía caminar sin sofocos por las calles repletas de turistas. Por la noche, comenzó a llover y no ha parado en todo el día.
Esta tarde, después de clase, he bajado la 2ª avenida. Los parques estaban desiertos. No imagino a dónde irán todos sus habitantes habituales en estos días lluviosos y fríos. Al pasar por Tompkins Square Park, al lado de mi casa, he visto los bancos de las mesas de ajedrez vacíos. Ayer mismo estaban repletos de vagabundos que dormitaban, comían, bebían, charlaban o discutían. Personas que sobrevíven en esos bancos con el único propósito de contemplar cómo pasa la vida. Contrapunto perfecto y necesario para que el resto de los afortunados habitantes de la ciudad no olvidemos la realidad. Personas que no piensan en el trabajo, ni en la comida sana, ni en el gimnasio, ni en ahorrar para comprase un pantalón de marca, ni en el bar de moda adonde sadrán a bailar el fin de semana. Personas que nunca han estado en Europa y que no saben dónde está Madrid... ni falta que les hace. Les basta con comer, conseguir una botella de vino barato, unos cigarrillos y un poco de conversación con cualquiera que se les acerque sin tener en cuenta religión, edad, raza o sexo. Contemplar como pasa el mundo por delante de sus ojos transparentes. Se diría que han alcanzado la paz.

Esta tarde, caminando solo bajo la lluvia, no he oído la música en los parques, ni los gritos de los niños, ni las charlas de los turistas, tan sólo las palomas y las ardillas se movían afanosas buscando su comida...

Es agradable la lluvia en Nueva York.

miércoles, 8 de agosto de 2007

El tercer día de clase y colapso en la ciudad



Esta mañana, cuando he llegado a clase, el portero del edifico, en perfecto espanglish, me ha comunicado que la escuela estaba cerrada. Los profesores no habían podido llegar a Manhattan porque había varias lineas de metro que no funcionaban debido a la mayúscula tromba de agua que cayó anoche sobre la isla. Pues sí, yo mismo he tenido que coger esta mañana un autobús repleto de gente para ir hasta allí.

Me he vuelto a casa bajando la Primera Avenida, desde la calle 42 hasta la 6ª que es donde vivo. He visto cientos de tiendas, bares y restaurantes, muchos turistas, inmensos edificios, pequeños parques repletos de gente haciendo las más diversas e increibles actividades, hermosas chicas rubias sin complejos y grandes chicos rubios y cachas entre pequeños y morenos latinos u orientales, pero también he visto una limusina que no acababa nunca de pasar delante de un mejicano borracho dormido en la acera: estampas de Nueva York.


Hoy hace un tiempo horrible: una mezcla de bochorno y sol abrasador, aderezado con una brisa fresquita y una pizca del omnipresente aire acondicionado que sale en algunos sitios hasta las aceras, todo ello recubierto de una humedad que para mí resulta difícil de soportar.

Con el tráfico endemoniado, el ritmo vertiginoso, la contaminación, el clima, ¿qué tendrá Manhattan para que tanta gente quiera vivir aquí?

Creo que una razón la descubrí anoche cuando salí a un bar de moda del martes (aquí los bares cambian con el día de la semana) con unos amigos españoles que llegaron ayer de vacaciones. (Si vienes por aquí tienes que comprar la revista Time Out para estar al día, las guías no sirven). El bar estaba hasta los topes y la gente era muy, muy guapa. Todos los días tienes diversión y eso, para USA, ya es mucho. Vestían muy a la europea, ni demasiado elegantes, ni demasiado modernos y los porteros sólo se fijan en tu DNI. Lo que más me llamó la atención fue la altura de todo el mundo. Impresionante, realmente impresionante.

Hoy mis amigos están vistando Downtown y la Estatua de la Libertad. Si no se quiere aguantar las largas colas de Liberty Island, se ve muy bien desde el Ferry, gratuito con el billete del metro, que va a Staten Island. Y al volver, la vista sobre los rascacielos de Downtown es espectacular.

Después de hacer de turistas llamarán... y veremos qué depara la noche.



domingo, 5 de agosto de 2007

Termina el primer fin de semana

Sí, por fin aparecieron las maletas. Y con ellas la vida española que me habían arrebatado durante dos días y medio. Me las trajo un anciano de color en un viejo "pick up" a las tantas de la noche. Y además... eran las mías. No había sitio donde aparcar delante de mi portal y el hombre, por teléfono, me decía que me acercara hasta donde había aparcado, un poco más arriba de la calle, delante de un bar, pero yo sólo entendía bar y ya me veía invitándolo a unas cervezas por traérme las dichosas maletas. Obviamente, se tuvo que acercar hasta mi puerta a esperarme y, obviamente, no le di propina. Ya sé que la culpa del retraso no era suya, pero intuyo también que este tipo de servicios debe ser uno de los pocos que en USA se da por hecho que no hay propina.

Me he quedado solo el fin de semana. Mi amigo americano se ha ido de vacaciones al igual que mis caseros. No sé si los americanos en general están cambiando o sólo son aquellos con los que tenemos contacto los europeos. El caso es que estoy solo. Sí, ya sé que por decirlo más veces no voy a alejar esta soledad, por otra parte esperada, pero es que hace mucho, mucho tiempo que un fin de semana no tenía a nadie a quién llamar para salir.
En fin, qué era lo que no podía hacer en Manhattan. Algo para lo que se necesitara el inglés. Pues yo voy y lo hago. Voy al cine para constatar que, efectivamente, no entiendo nada. Me vi El ultimatum de Bourne, (11 $, echad cuentas) por eso de que era de acción y, a la salida, después de entender tres frases, me prometí volver a verla justo antes de regresar a Madrid para evaluar realmente mis progresos.

Ahora en serio, lo más divertido y barato que puedes hacer en Manhattan es pasear, pasear y pasear. Así lo hice yo y así pude comprobar los viejos tópicos sobre Manhattan. La ciudad ofrecía a mi vista curiosa el ritmo frenético y ruidoso de sus calles, sus inagotables rascacielos, su abigarrado conjunto de luces y anuncios, sus elegantes hoteles, tiendas y edificios dentro de una variedad de estilos inusual, casi tan inusual como la diversidad absoluta de razas, religiones, colores, tamaños, clases sociales o estilos de vestir de la gente. Pude sentir los inagotables olores y los parques repletos de vida, con sus músicos callejeros o con sus locos ajedrecistas esperando impacientes el reto de algún desconocido rival. Pero, además de estos, también descubrí otros nuevos. Por ejemplo, las hileras de fumadores en las aceras de todos las calles, en las escaleras de los edificos o en las puertas de los bares y restaurantes. O la cantidad de gente que, mientras camina, conduce o monta en bicicleta, va hablando con el móvil en la mano y, además, lleva algo en la otra que no cesa de chupar. Sí, aquí todo lo sirven con pajita (no imaginaremos lo que diría Freud de esto). Es increible la cantidad tan enorme de bebidas y paquetitos de comida rápida de cualquier nacionalidad que consume la gente de pie o caminando o sentado en cualquier escalón de un portal. ¿Aquí el acto de comer no es tan importante como en la Europa mediterránea?

Terminan mis paseos, termina mi fin de semana solitario. El próximo no será igual pues llega un amigo de Madrid.
Además, mañana empiezo la escuela, que es a lo que he venido... ¿o no?

viernes, 3 de agosto de 2007

La llegada a Manhattan

Hola a tod@s,

Al fin estoy en New York.

Eso sí, solamente yo, porque mis dos fantásticas maletas con toda mi ropa (sí interior también) y todo lo de aseo (ahora no lo puedes subir al avíon) se han quedado por el camino. Quizás en Zurich, o quizás mareándose en alguna estúpida cinta del inmenso aeropuerto de JFK. Así que aquí me véis, pidiendo prestado un par de camisetas al dueño de la casa donde me he instalado y saliendo a comprar calzoncillos y calcetines a una de las innumerables tiendas que proliferan en la calle Broadway. Como imagenaréis, con la humedad que hace aquí no es cuestión de empezar el primer día a oler a tigre... De todos modos, aún no he empezado a llorar porque me han prometido que me traeran las maletas mañana, ahora bien, también me dijeron antes que esta mañana y luego que esta tarde, así que no lo tengo demasiado claro.
Os contaré que mi inglés es la leche y que eso de que todo el mundo habla español aquí no es del todo cierto, será en el Nueva York de otro país, pero en el de aquí, en el de USA, tienes que hablar en inglés para todo lo que sea más o menos oficial. En el control me tocó un oriental, son los peores, y el capullo va y me pregunta la edad... a ti que coño te importa, en fin, sin demasiados problemas me voy a hacer la reclamación de las maletas, obviamente en inglés. Menos mal que enseñando dirección y teléfonos escritos y con mímica todos podemos entendernos... más o menos.
Llegué a Manhattan compartiendo taxi con una compatriota de mi mismo avión que conocí en la oficina de reclamaciones. Pobrecita, perdió el autobús a Boston donde iba a quedarse sólo hasta mañana, así que cuando le llegue la maleta, ella ya no estará allí. Espero que no se estén persiguiendo durante todo el recorrido que ella iba a hacer por los EEUU. Por fín aparezco en casa y conozco a mis caseros. Son una parejita encantadora y no creo que tenga ningún problema con ellos. De todos modos se acaban de ir hace un rato de vacaciones, así que estaré totalmento solo en la casa durante un tiempo. El apartamento es un antiguo loft de un tamaño considerable (unos 200 m2) en el East Village, una zona ahora muy moderna, pero que antes estaba bastante deteriorada y que están restaurando. Cuando digo restaurando ahora es en sentido literal, porque mi habitación, mi baño y el salón están nuevos, pero el resto de la casa está toda en obras con los muebles amontonados y cubiertos y todo listo para pintar y areglar el suelo. Me pregunto si pensarán realmente realizar la obra conmigo dentro: acabamos de terminar casi un mes de obra en Madrid.
Con el problema de las maletas no me había dado tiempo ni a fijarme en la ciudad. Pero no hubo problema porque me llamó un amigo americano, invitándome a cenar a su casa. Cuando salí a la calle me encontre de verdad con esta ciudad. Mientras iba en el taxi, [no os lo perdáis, me acaban de llamar del aeropuerto, el Manu hablando en inglés, que las maletas me llegarán mañana por la noche, sin comentarios...] contemplando la calle repleta de gente tan distinta que tienes la sensación de estar en varias ciudades a la vez, casi atadeciendo, con las primeras luces de los rascacielos iluminandose, la sensación es impresionante (casi como la vista que había desde la terraza de mi amigo). Lo demás como ahí, cena, vinito y charleta... El día de hoy lo he pasado colgado al teléfono (bueno, más bien mi casera) para intentar recuperar mis maletas y también intentando reparar el portatil que me ha dejado un amigo en Madrid, porque sin jabón se puede vivir... pero sin Internet.