Retomo este blog después de dos semanas de ausencia. Para que sepáis el porqué, os diré que estaba en otro apartamento donde no tenía Internet. Y, como he sacado el tema, os contaré que ya es el cuarto apartamento donde he vivido. Me he autodenominado el hombre-maleta. Pero la experiencia no tiene precio (Contaré detalles a la vuelta).
En estas dos semanas me he movido muchísimo. El tiempo ha sido (y sigue siendo) veraniego y no se puede desaprovechar.
Por fin he llegado a los confines de la ciudad, al extrarradio de Brooklyn y Queens, al final de las líneas de Metro, donde no transitan los turistas, donde los inmigrantes ilegales de lejanos países acuden a la llamada de sus familiares. Entre una muchedumbre de indúes y orientales, paseando delante de escaparates cargados de vestidos y telas de llamativos colores, oliendo penetrantes aromas, perdido, entre los 22 millones de personas que viven- conviven-sobreviven en el área metropolitana de NY.
Fuimos en coche, bajo un atardecer indescriptible, cruzando autopistas y vías de tren que atraviesan sin pudor los barrios, recorriendo zonas mucho más delimitados étnicamente que en Manhattan, copias en miniatura de Bankok, Nueva Delhi o México DC, y, después de disfrutar de un largo paseo, terminamos el día cenando en un, para mí por lo memos inusual, restaurante afgano.
No puedes viajar más en tan poco tiempo.